Barrenbila. “Búsqueda interior”

HAIZEA BARCENILLA

Quienes trabajamos por nuestra cuenta, en soledad, en labores que se desarrollan en habitaciones cerradas, percibimos perfectamente la influencia que ejerce el espacio en nosotros. Sus matices tiñen totalmente el resultado de nuestro trabajo; por ejemplo, la sensación de ternura que me produce el sol de la tarde al entrar por la ventana impregnará este texto. Seguramente Virginia Woolf, encerrada en su cuarto, percibía las señales del frío invernal en el paisaje exterior, así como el brillo de las flores al brotar en primavera, y, por tanto, estos plasmarían su sello en libros como Miss Dalloway y To the Lighthouse.

Así pues, es sabido que cualquier artista que haya usado como herramienta de trabajo las impresiones que le provoca la luz y sus rayos siente el influjo de su entorno, en forma de alegría, tristeza, monotonía o inestabilidad. Y, tratando de responder a esa influencia, Zaloa Ipiña ha construido su Ikus-esparru zabalduak [Espacios ópticos expandidos]; el espacio y la luz se han convertido en temas a tratar, trabajando la representación visual de dichos campos.

Ipiña nos obliga a entrar en un espacio íntimo por partida doble: en su hogar, lugar que, al mismo tiempo, ha sido su estudio durante años. El espacio que aúna la labor experimental y la vida privada del artista ha tenido que influirle forzosamente, tras tantas horas vividas allí. Además, el destino ha propiciado que esta exposición haya llegado al mismo tiempo que Izatearen egiturak: Gelak [Las estructuras del ser: Celdas] de Louise Bourgeois. Las dos artistas perciben la fuerza de ese espacio circundante que es parte de nuestro ser, a pesar de que cada creadora lo haya elaborado desde un punto de vista diferente. De tal manera que, mientras las Gelak [Celdas] de Bourgeois son simbólicas, cerradas y centrípetas, reflejo de la vida interior, las de Ipiña son maquetas de la realidad, aunque transparentes: mezcla de lo exterior y lo interior.

Y es que la artista no busca un retrato del espacio. No nos ofrece ninguna documentación gráfica del espacio, no busca el desnudo público: en su instalación, cada una de las habitaciones de la casa se convierte en cuerpo transparente atravesado por la luz del vídeo, que pierde su peso. Se sitúa flotando en el aire, como si no tuviera una relación directa con el mundo. Lo único que la ata con la realidad son sus formas y medidas calculadas, en cuanto maqueta detallada que es. La luz la atraviesa por todas partes, en la medida que el propio vídeo representa una luz, de alguna manera convertido en luz que registra la luz. Así pues, es esa luz la que establece la relación existente entre los espacios exteriores e interiores.

Precisamente, la propia transparencia provoca la desaparición del propio espacio, abriéndolo y expandiéndolo. El título de la obra nos encamina hacia esa idea, al concepto de apertura. Y es que el espacio que nos protege y abraza puede llegar a ser también el que nos aprisiona. Nos impone límites, que más que físicos, también pueden llegar a ser mentales. De ahí surge, tal vez, la necesidad de atravesar las paredes invisibles mediante la luz, de superar ese ámbito, para, de alguna forma, convertirlo en espacio ilimitado.

En cualquier caso, Ipiña desde un principio ha pretendido establecer una relación entre los ámbitos interiores y exteriores, ya que la separación es inevitable. ¿Acaso las últimas luces del amanecer no reducen y entristecen mi habitación? ¿Acaso el paisaje exterior no se transforma en fondo decorativo de mi casa? Los vanos ocupan un sitio especial en esta obra de Ipiña. Además de ser indispensables en el estudio de la luz que está realizando desde hace mucho tiempo, también resultan ser una vía para el enjambre exterior: desde ahí entran hasta la cocina el cielo o el monte situado al lado de la casa. De esa forma, se convierten en punto de partida para construir sobre soportes transparentes objetos tan ligeros, frágiles y fascinantes como la misma intimidad.